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¿Cuál es la mejor dieta para primavera?

¿Cuál es la mejor dieta para primavera?

Sobre los alimentos que la contienen: el hígado; la mantequilla y la nata; huevos y lácteos completos; verduras de color verde oscuro, o de coloración rojo-anaranjado-amarillento, como la zanahoria, la batata, la calabaza, las espinacas, la lechuga, el brócoli, las coles de Bruselas, el tomate, los espárragos, y las frutas como el damasco, el durazno, el melón, la papaya, el mango, el melocotón y las cerezas.

¿Cuál es la mejor dieta para primavera?

Hace ya bastantes siglos que se sospecha que el sistema inmunológico puede ser la clave para superar muchas de las peores enfermedades que se padecen. Una dieta equilibrada, el descanso, el ejercicio, un ritmo de vida relajado, la eliminación del tabaco, y la moderación en el consumo de alcohol fortalecen las defensas de forma natural. Generalmente, los cambios de estación afectan a nuestras hormonas y con ello se desestabilizan nuestras defensas. Entonces, ¿qué debemos comer para potenciar nuestro sistema inmunológico?
La responsable del Grupo de Nutrición y Metabolismo de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG), Guadalupe Blay, apunta en primer lugar al consumo de alimentos ricos en vitamina A por su “fundamental” papel para el desarrollo del sistema óseo, el desarrollo celular, el sistema inmune y el reproductivo, así como la visión y la prevención de infecciones y del envejecimiento, o como antioxidante natural al eliminar los radicales libres.
Sobre los alimentos que la contienen: el hígado; la mantequilla y la nata; huevos y lácteos completos; verduras de color verde oscuro, o de coloración rojo-anaranjado-amarillento, como la zanahoria, la batata, la calabaza, las espinacas, la lechuga, el brócoli, las coles de Bruselas, el tomate, los espárragos, y las frutas como el damasco, el durazno, el melón, la papaya, el mango, el melocotón y las cerezas.
“La falta de esta vitamina podría ser la causa no sólo de infecciones bacterianas sino de una deficiencia en la agudeza visual, de dolencia en las articulaciones, una piel áspera y seca, con escamas, pérdida de peso y apetito, alteración en la audición, el gusto, y el olfato”, relata la experta.
En segundo lugar, indica que es necesario reforzar el consumo de productos con un alto contenido del complejo de vitamina B, unas vitaminas que se asimilan y eliminan rápidamente por la orina, por lo que hay que ingerir diariamente una cantidad mínima.
“Con ella cuidamos la salud del corazón y las arterias, mantenemos en buenas condiciones el sistema nervioso y la mente, además de fortalecer el sistema inmunológico”, señala.
En cuanto a los alimentos que la contienen vuelve a mencionar al hígado, y resalta además la necesidad de comer vísceras en general, carnes de ternera, de pollo y de cerdo, además de huevos y cereales integrales (arroz, trigo, avena), legumbre (soja, guisantes, lentejas, garbanzos) o las nueces. También en la mantequilla de cacahuete, las setas, la levadura de cerveza y el germen de trigo.
En este sentido, alerta de que pueden padecer carencia de estas vitaminas, por su menor capacidad para asimilarlas, las personas mayores, los enfermos de intestino, los adictos al alcohol, los fumadores, los vegetarianos estrictos, las embarazadas y lactantes, los enfermos de la tiroides y los operados.
BARRERAS NATURALES CONTRA INFECCIONES
Asimismo, Blay hace mención de la vitamina C, ya que contribuye al mantenimiento de las barreras naturales contra las infecciones, así como al de huesos, dientes y vasos sanguíneos, además de defender de las infecciones. “Es necesaria para la formación del colágeno, el componente más abundante de la piel y de los huesos, y también para la cicatrización de las heridas; siendo como otras vitaminas un poderoso antioxidante”, recalca la doctora experta en nutrición.
¿Qué alimentos la contienen? Sus fuentes son sólo de origen vegetal y la integran la gran mayoría de verduras (los pimientos, las coles, la coliflor, las espinacas, los tomates los pimientos y las patatas) y de frutas como plátanos, cítricos, mangos, manzanas, piñas, melón, fresas, kiwi, o fresas .
Asimismo, avisa de que su deficiencia en el organismo puede ser la causa de inflamación y sangrado de encías, de piel áspera y reseca, de hematomas espontáneos, de sangrado nasal, de anemia, de dolor e inflamación articular, de deficiencia en la cicatrización de heridas y, “lo más grave”, del escorbuto, principalmente en ancianos y personas desnutridas, manifestándose en anemias, encías inflamadas y hemorragias, además de en un debilitamiento general del organismo.
La experta añade también la necesidad por consumir alimentos ricos en vitamina E, al tratarse de un antioxidante que protege contra los efectos del envejecimiento como la pérdida de memoria y la presencia de sustancias tóxicas que penetran el organismo por vía respiratoria o bucal, como son las drogas o las radiaciones.
“Estudios en humanos han demostrado un aumento de la respuesta inmune después de administrar vitamina E, especialmente en enfermedades por virus. Como otros antioxidantes se cree que puede prevenir o retrasar la formación de cataratas. Ayuda al buen funcionamiento del sistema nervioso, la cicatrización de quemaduras. Además, evita la formación de trombos y por tanto disminuye el riesgo de padecer infarto de miocardio, anginas de pecho o embolias, y previene la aparición de calambres en personas con mala circulación y la anemia”, explica Blay.
La vitamina E se encuentra en aceites vegetales germinales (soja, cacahuete, arroz, algodón y coco), vegetales de hoja verde, cereales y panes integrales. ¿Quiénes pueden necesitar una dosis mayor de vitamina E? Fundamentalmente tres grupos, señala la doctora: celíacos y personas con fibrosis cística, con problemas para absorber grasas o secretar bilis, bebés prematuros con peso inferior a 1.500 gramos, e individuos con ciertas anormalidades genéticas. “Sus síntomas se manifiestan en irritabilidad, retención de líquidos, alteraciones en la visión, dificultad para mantener el equilibrio, cansancio, apatía, dificultad para concentrarse, alteraciones al caminar, anemia con destrucción de glóbulos rojos y daño en el sistema nervioso”, añade.
Para afrontar con mejor cara el cambio de estación, la responsable del Grupo de Nutrición y Metabolismo de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG) habla también de la importancia de consumir flavonoides, que se encuentran en las verduras de la familia de la col, verdura de hoja verde, o en frutas rojas, moradas y cítricos.
Además, resalta la importancia de consumir hierro, presente en el hígado, en las carnes (especialmente la de caballo), en el pescado, el huevo y en menor proporción los lácteos; o el zinc, cuya deficiencia “se asocia a una mayor susceptibilidad frente a infecciones”. Éste se halla en carnes, vísceras, pescado, huevos, cereales completos y legumbres.
Finalmente, la experta en nutrición precisa la necesidad de comer alimentos con selenio, ya que su carencia afecta a la inmunidad, presente en carnes, pescados, mariscos, cereales, huevos, frutas y verduras; o el cobre, por su poder antiinflamatorio y antiinfeccioso, presente en el hígado, en el pescado, en el marisco, en los cereales completos y en los vegetales verdes. Asimismo apunta a los ácidos grasos que se encuentran en los aceites de semillas (girasol, maíz, soja, por ejemplo), o en el germen de trigo y en los frutos secos oleaginosos.

Hace ya bastantes siglos que se sospecha que el sistema inmunológico puede ser la clave para superar muchas de las peores enfermedades que se padecen. Una dieta equilibrada, el descanso, el ejercicio, un ritmo de vida relajado, la eliminación del tabaco, y la moderación en el consumo de alcohol fortalecen las defensas de forma natural. Generalmente, los cambios de estación afectan a nuestras hormonas y con ello se desestabilizan nuestras defensas. Entonces, ¿qué debemos comer para potenciar nuestro sistema inmunológico?

La responsable del Grupo de Nutrición y Metabolismo de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG), Guadalupe Blay, apunta en primer lugar al consumo de alimentos ricos en vitamina A por su “fundamental” papel para el desarrollo del sistema óseo, el desarrollo celular, el sistema inmune y el reproductivo, así como la visión y la prevención de infecciones y del envejecimiento, o como antioxidante natural al eliminar los radicales libres.

Sobre los alimentos que la contienen: el hígado; la mantequilla y la nata; huevos y lácteos completos; verduras de color verde oscuro, o de coloración rojo-anaranjado-amarillento, como la zanahoria, la batata, la calabaza, las espinacas, la lechuga, el brócoli, las coles de Bruselas, el tomate, los espárragos, y las frutas como el damasco, el durazno, el melón, la papaya, el mango, el melocotón y las cerezas.

“La falta de esta vitamina podría ser la causa no sólo de infecciones bacterianas sino de una deficiencia en la agudeza visual, de dolencia en las articulaciones, una piel áspera y seca, con escamas, pérdida de peso y apetito, alteración en la audición, el gusto, y el olfato”, relata la experta.

En segundo lugar, indica que es necesario reforzar el consumo de productos con un alto contenido del complejo de vitamina B, unas vitaminas que se asimilan y eliminan rápidamente por la orina, por lo que hay que ingerir diariamente una cantidad mínima.

“Con ella cuidamos la salud del corazón y las arterias, mantenemos en buenas condiciones el sistema nervioso y la mente, además de fortalecer el sistema inmunológico”, señala.

En cuanto a los alimentos que la contienen vuelve a mencionar al hígado, y resalta además la necesidad de comer vísceras en general, carnes de ternera, de pollo y de cerdo, además de huevos y cereales integrales (arroz, trigo, avena), legumbre (soja, guisantes, lentejas, garbanzos) o las nueces. También en la mantequilla de cacahuete, las setas, la levadura de cerveza y el germen de trigo.

En este sentido, alerta de que pueden padecer carencia de estas vitaminas, por su menor capacidad para asimilarlas, las personas mayores, los enfermos de intestino, los adictos al alcohol, los fumadores, los vegetarianos estrictos, las embarazadas y lactantes, los enfermos de la tiroides y los operados.

BARRERAS NATURALES CONTRA INFECCIONES

Asimismo, Blay hace mención de la vitamina C, ya que contribuye al mantenimiento de las barreras naturales contra las infecciones, así como al de huesos, dientes y vasos sanguíneos, además de defender de las infecciones. “Es necesaria para la formación del colágeno, el componente más abundante de la piel y de los huesos, y también para la cicatrización de las heridas; siendo como otras vitaminas un poderoso antioxidante”, recalca la doctora experta en nutrición.

¿Qué alimentos la contienen? Sus fuentes son sólo de origen vegetal y la integran la gran mayoría de verduras (los pimientos, las coles, la coliflor, las espinacas, los tomates los pimientos y las patatas) y de frutas como plátanos, cítricos, mangos, manzanas, piñas, melón, fresas, kiwi, o fresas .

Asimismo, avisa de que su deficiencia en el organismo puede ser la causa de inflamación y sangrado de encías, de piel áspera y reseca, de hematomas espontáneos, de sangrado nasal, de anemia, de dolor e inflamación articular, de deficiencia en la cicatrización de heridas y, “lo más grave”, del escorbuto, principalmente en ancianos y personas desnutridas, manifestándose en anemias, encías inflamadas y hemorragias, además de en un debilitamiento general del organismo.

La experta añade también la necesidad por consumir alimentos ricos en vitamina E, al tratarse de un antioxidante que protege contra los efectos del envejecimiento como la pérdida de memoria y la presencia de sustancias tóxicas que penetran el organismo por vía respiratoria o bucal, como son las drogas o las radiaciones.

“Estudios en humanos han demostrado un aumento de la respuesta inmune después de administrar vitamina E, especialmente en enfermedades por virus. Como otros antioxidantes se cree que puede prevenir o retrasar la formación de cataratas. Ayuda al buen funcionamiento del sistema nervioso, la cicatrización de quemaduras. Además, evita la formación de trombos y por tanto disminuye el riesgo de padecer infarto de miocardio, anginas de pecho o embolias, y previene la aparición de calambres en personas con mala circulación y la anemia”, explica Blay.

La vitamina E se encuentra en aceites vegetales germinales (soja, cacahuete, arroz, algodón y coco), vegetales de hoja verde, cereales y panes integrales. ¿Quiénes pueden necesitar una dosis mayor de vitamina E? Fundamentalmente tres grupos, señala la doctora: celíacos y personas con fibrosis cística, con problemas para absorber grasas o secretar bilis, bebés prematuros con peso inferior a 1.500 gramos, e individuos con ciertas anormalidades genéticas. “Sus síntomas se manifiestan en irritabilidad, retención de líquidos, alteraciones en la visión, dificultad para mantener el equilibrio, cansancio, apatía, dificultad para concentrarse, alteraciones al caminar, anemia con destrucción de glóbulos rojos y daño en el sistema nervioso”, añade.

Para afrontar con mejor cara el cambio de estación, la responsable del Grupo de Nutrición y Metabolismo de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG) habla también de la importancia de consumir flavonoides, que se encuentran en las verduras de la familia de la col, verdura de hoja verde, o en frutas rojas, moradas y cítricos.

Además, resalta la importancia de consumir hierro, presente en el hígado, en las carnes (especialmente la de caballo), en el pescado, el huevo y en menor proporción los lácteos; o el zinc, cuya deficiencia “se asocia a una mayor susceptibilidad frente a infecciones”. Éste se halla en carnes, vísceras, pescado, huevos, cereales completos y legumbres.

Finalmente, la experta en nutrición precisa la necesidad de comer alimentos con selenio, ya que su carencia afecta a la inmunidad, presente en carnes, pescados, mariscos, cereales, huevos, frutas y verduras; o el cobre, por su poder antiinflamatorio y antiinfeccioso, presente en el hígado, en el pescado, en el marisco, en los cereales completos y en los vegetales verdes. Asimismo apunta a los ácidos grasos que se encuentran en los aceites de semillas (girasol, maíz, soja, por ejemplo), o en el germen de trigo y en los frutos secos oleaginosos.

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